Mi razón de ser

Escucha...
¿Oyes el silencio?

Mira...
¿Ves la oscuridad?

Huele...
¿Percibes el dolor?

Toca...
¿Sientes el miedo?

Prueba...
¿Saboreas el amor?

Siente...
¿Te atreves a hacerlo?

Mis mininos

Búscate

26.12.12

Hora de vestirse

Ella había dicho algo que a él le había molestado.
-Vístete -le espetó a la chica mientras ella estaba sentada al borde de la cama, arrepintiéndose de cualquier cosa que hubiera ocurrido.

El chico la miró sin comprenderla desde el otro lado del colchón, ya casi vestido. Le parecía egoísta a veces, aunque dejaba entrever su parte delicada. No se preocupaba por él, sino por ella. Era independiente, y a veces fría. No entendía la mayoría de las veces cómo podía amarla.
A veces se sentía muy herido por ella, parecían sus palabras ir directas al corazón para atravesarlo y herir. El muchacho no entendía la mayoría de cosas que ella hacía o decía. Carecían de sentido. No se sentía querido. No se sentía amado.

Ella miraba fijamente al suelo mientras se ponía los calcetines. Su columna vertebral se marcaba notablemente en su espalda. No sabía qué sentía; posiblemente nada, como tantas otras veces que la invadía esa sensación de vacío, sobre la que se amontonaban la tristeza, la culpabilidad y la miseria.
Dos gruesos goterones cayeron de sus ojos e impactaron en sus rodillas. Se sentía mal. Amaba y no demostraba su amor. ¿Miedo? No. No sabía qué era.
Comenzó, sin querer, a hacer pucheros y respirar agitadamente.

El chico la miró durante aproximadamente un segundo y medio. 
-Ven aquí.
Luego la tomó de los hombros temblorosos y la recostó sobre sí. Ella cayó sobre su pecho. Y lloró, lloró quedamente, en silencio, sin emitir sonido alguno, ni siquiera el de la propia respiración.
-No llores. ¿Por qué lloras? -le preguntó el chico.
-Siempre tengo ganas de llorar. Siempre necesito llorar -respondió ella tras medio minuto.
Quizá en aquel momento fue cuando el muchacho se dio cuenta del universo que escondía la chica dentro de su ser. Un universo vacío y destrozado, un universo triste y doloroso. Un cosmos donde lo único que se puede achacar es la inutilidad.
Quizá fue entonces cuando él pudo entrever, atisbar un resquicio del dolor que imaginó que soportaba ella segundo tras segundo de su existencia.

11.12.12

Sueños vs Realidad

Se hablaba de un niño cualquiera, de estos chiquitos, de unos tres o cuatro años, rubitos, lindos, de mejillas sonrosadas y ojillos azulados. De estos que aún conservan los dientecillos de leche y corren como condenados mientras pegan chillidos los muy adorables.
Era este chiquillo en la calle junto a su mamá. Ella le sonreía con cariño y le cogía la manita al tiempo que le decía que no había que cruzar nunca con el semáforo en rojo. El niño asentía pero su atención estaba fijada en otra cosa. 
Al otro lado de la calle había un señor vendiendo globos. Estos globos grandes, con formas, hinchaditos y flotantes, de colorines que atraen a los niñitos. 
El churumbel alzó la rechonchilla manita que no asía a su mamá y señaló los globos al tiempo que sus labios formaban una 'U' y pronunciaba dicha vocal. Tiró de la mano a su mamá y empezó a dar pequeños saltitos de emoción.
La mayoría de las madres dejarían al niño con la perreta del globo, pero hoy ella se encontraba de buen humor y tomó al niño en sus brazos al tiempo que le preguntaba si quería un globito y comenzando a cruzar la calle le dio un beso en la mejilla.
El nene eligió un globo grande y de muchos colores, tan bonito que parecía hecho de alegría. Le dio la mano a su mamá y mirando al globito siguió caminando hacia su casa.
Dejaba que el globo lo elevara y venciera su peso cual sueño eleva a las nubes a la persona cuando duerme en la cama. El niño sonreía y flotaba con el lobo como dos pajarillos flotan jubilosos de su libertad.

...

El niño tiene ahora unos quince años, dieciséis quizá. Tiene el pelillo más oscuro que de chico y la tez más pecosa. Sus manos ya no son rechonchetas y sus mejillas ya no son sonrosadas. 
Mira el globo de su mano, que aún está hinchado y flotante. El globo sigue flotando pero esta vez por encima de la cabeza del chico. Ya no lo eleva. Ya no flotan juntos.
El chicaruelo tiene una cadena atada a sus piernas y al suelo. Es lo que le impide volar. Sus pies se elevan del suelo pero apenas avanza veinte centímetros junto con el globo hasta que las cadenas le retienen.

Cuando es adulto suelta el globo, ya que "son cosas de niños". Vive encadenado sin nada que lo eleve y sin poder elevarse por sí mismo.

De anciano, sueña con su globo.

6.12.12

La ecuación de los sentimientos

El dolor es como una ecuación.
Pongamos que dolor emocional es directamente proporcional a los momentos malos y el lapso de tiempo transcurrido desde el último momento bueno apreciado e inversamente proporcional a los momentos buenos. Siendo:
De=dolor emocional,
Df=dolor físico,
M=momentos malos,
B=momentos buenos apreciados,
t=tiempo transcurrido desde el último momento bueno,
nos queda que si los momentos buenos apreciados son cero en un determinado lapso de tiempo de límite 7 días, el dolor emocional tiende a infinito y el se transforma en dolor físico, normalmente autoinflingido.
Me rijo por:

De=(M·t)/B
Si t>7, B=0. Si De=infinito, De=Df