Mi razón de ser

Escucha...
¿Oyes el silencio?

Mira...
¿Ves la oscuridad?

Huele...
¿Percibes el dolor?

Toca...
¿Sientes el miedo?

Prueba...
¿Saboreas el amor?

Siente...
¿Te atreves a hacerlo?

Mis mininos

Búscate

19.12.10

Realidad.

-Pero, ¡¿QUÉ ES TODA ESTA MIERDA?!
-Mamá, es mi cuarto, y no está desordenado.
-¡¡Recoje todo esto ahora, YA!!
-Vale, vale... ya recojo.
Mi madre se va malhumorada por el pasillo mientras yo recojo mi cuarto. Mierda. Se me han olvidado las zapatillas en la cocina. Voy a por ellas. Corriendo.
-¡¿Qué, ya acabaste?! -me grita.
-No me has dado tiempo...
-¡PUES YA ESTÁS TERMINANDO, ASQUEROSA! ¡Que das asco! ¡Tú, y todo lo que tú dices! ¡Por eso todo el mundo prefiere a tu hermano, puta, porque él al menos es una persona, no como tú!
Bajo la mirada y no contesto.
-¿No me vas a decir nada? -me pregunta ella, gritando.
-Vale, ya voy, pero no te pongas así. No hace falta que te pongas de esa manera.
-¡Pero no me contestes!
Confusa, sin saber lo que quiere de mí, no digo nada, continúo con la mirada baja.
-Y mírame cuando te hablo -añade.
La miro a los ojos sin ningún tipo de expresión en la cara. No lloro, no estoy ceñuda, nada. Sólo tengo cara de poker.
-¡Pero no me mires con esa cara! ¡A mí me miras bien, eh! ¡A mí me miras bien!
-Mamá, cuando te aclares, hablamos. Porque yo ya no sé cómo tratarte, sinceramente -me apresuro a meterme en mi habitación y cerrar, mientras las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas. Así es día tras día, semana tras semana, mes tras mes, desde los doce años. Tengo catorce. Dos años. Dos.
Empiezo a recoger la escasa ropa que no está en el sitio y las pocas cosas desordenadas que tengo.

La oigo acercarse por el pasillo con paso presuroso. Pánico. No siento las piernas. Veo la puerta acercarse. Me muevo hacia ella. Miedo. Desesperación. Quiero mantenerla cerrada. Impotencia. Falta de tiempo. Abre la puerta. Sus ojos azules destellan rabia y odio. Veo sus manos. Las siento en la cara. Caigo. Suelo. Dolor. Labio. Sangre. Dolor, y dolor, y dolor. La miro. Me mira con odio. "Para que aprendas, y a llorar al parque, que aquí no se te quiere". Portazo. Otro portazo, esta vez en la entrada de la casa. Otra vez. Mi padre tras de ella. Agonía. Llanto. Cojín. Grito. No me sirve. Le pego. No me sirve. Una aguja clavada en mi piel. No me sirve. El cúter. Una vez recurrí a él. Prometí no volver a hacerlo. Me siento morir. Dolor emocional. Veo mi mano coger el cúter. Una raja en la mano. Dos. Tres... Veinte. No me siento mejor. Me he pasado veinte veces la afilada hoja por la misma herida. Sangre. Dolor lacerante. Alivio. Me echo sobre la cama. Río de una forma histérica. Me asusto de mí misma. Me hace gracia mi miedo. Río. Lloro. Río. Lloro. Las dos cosas. Río y lloro.

Lo siguiente que recuerdo. Estoy llorando sobre mi cama. El cúter en mi mano derecha. La izquierda llena de rajas , no solo en la mano, sino a lo largo del brazo también. No lo recuerdo. Culpabilidad.
Esto es lo que vivo.
Mi realidad de cada día.
Mi suplicio, mi calvario.
La razón de mi muerte.

1 comentario:

  1. Dime que ni una palabra de todo esto es verdad :|
    Me has dejado sin palabras, enhorabuena. No sé qué más decirte...

    ResponderEliminar

Los comentarios son un espacio de libre expresión: diga lo que quiera, ya sea una opinión, una crítica o simplemente un comentario.
Sólo hay que respetar estas normas básicas:
1- No insulte ni a mí ni a otro bloggero.
2- Puede invitar a entrar a su blog, pero no haga spam descarado.
3- Cuide un poco la ortografía en la medida de lo posible.