Mi razón de ser

Escucha...
¿Oyes el silencio?

Mira...
¿Ves la oscuridad?

Huele...
¿Percibes el dolor?

Toca...
¿Sientes el miedo?

Prueba...
¿Saboreas el amor?

Siente...
¿Te atreves a hacerlo?

Mis mininos

Búscate

1.9.10

No te fies de las calles

Esto es sólo un experimento, opinad... Si eres un chico, cambia los adjetivos o ponte en piel de una chica, ¿ok?

Es de noche y llueve. Caminas sola por la calle. Tu sudadera negra te va unas cuantas tallas grande y está empapada. La capucha subida oculta tus rasgos. Vas cabizbaja.
"Vale, sí, lo he hecho, pero no aguantaba más" piensas. Un tintineo suena detrás de ti. Se te han caído las llaves de la casa de la que te has escapado. Las recoges suspirando y sigues tu camino hacia ninguna parte.
-¡Eh, piva! -te llama una voz masculina. Levantas la cabeza-. Sí, tú, ¿qué hace una pivita como tú a estas horas de la noche en la calle y lloviendo?
Aprietas el paso. No te fias de los chicos que te llaman por la calle a altas horas de la noche.
-Pero contesta, mujer, no seas antipática -el joven se acerca a ti y se pone a caminar a tu lado- ¿qué te trae por estos lares?
-Nada -contestas, apática.
-Venga, piva, relájate, que no soy mala gente -el joven sonríe casi amablemente.
-¿Qué parte de nada no entiendes? -sigues caminando rápidamente con malhumor.
-Eh, a mí no me hables así, pivilla; que por muy guapita que seas yo tengo mis límites -se situa enfrente de ti, cerrándote el paso.
"Mierda, este tío sabía lo que hacía" Piensas cuando observas que estás en un callejón sin salida. Intentas hacer un pequeño truco que has aprendido en la clase de Jiu Jitsu para zafarte del chico.
-Ja, ja, ja, yo también sé Jiu Jitsu, pequeña -el chico sonríe, malicioso, mientras te agarra por las muñecas sin que puedas soltarte-. Eres mona, ¿sabes, piva? ¿cómo te llamas?
-Eso no es de tu incumbencia.
-¿Cómo que no? -te echa contra la pared de un empujón y se aplasta contra ti, peligrosamente cerca, vuestras caras apenas separadas por unos centímetros.
Suél...! -el joven te tapa la boca. Sonríe y percibes en su aliento el olor de los porros. Seguramente está colocado.
-No nos interesa que nos oigan, ¿verdad?
En ese momento percibes otra voz, también masculina.
-Fred, déjala, qué más te da.
-Tío, que se me ha puesto chula, la pivita esta.
-Sí, tío, pero qué mas te da. Si la chiquilla tampoco tiene mucho que aprovechar... -te mira de reojo.
-¿Y qué más da? Fijo que es virgen -se aprieta un poco más contra ti y te besa.
-Fred, déjala.
Fred paró contigo un momento para contestar rudamente.
-No -intentas soltarte desesperadamente cuando notas sus manos por debajo de tu sudadera y tu camiseta, y otra vez sus labios contra los tuyos.
En ese momento, el recién llegado le propina un puñetazo al tal Fred, rompiéndole el tabique.
-¿Pero qué haces, gilipollas? -Fred está medio grogui en el suelo.
-¡Corre, tú! -te grita el otro. Obedeces, pero coges el brazo de él sin pensarlo.
Corréis por media ciudad, intentando dar esquinazo a Fred. Al fin lo conseguís, en el metro.
-¿Cómo... te... llamas? -preguntas.
-Soy... Paul.
-Me llamo... Tammy, encantada -dices bajando la cabeza y extendiendo una mano, acorde con tus exquisitos  modales de la clase alta.
Y caes rendida de cansancio en sus brazos.

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